Las chuches a examen

 Autora: Laura Sandúa, gerente de Aceites Sandúa. www.aceitesandua.com
Fotografía: Medicadiet

Puede que no nos guste, pero lo cierto es que las chuches forman parte de la dieta habitual de nuestros hijos. Tanto es así que nos gastamos en chuches cerca de 600 millones de euros al año, en nuestro país. De hecho, las tiendas de chuches proliferan en las calles y también se pueden adquirir en muchos supermercados, como un alimento más.

Pero, ¿realmente pueden considerarse como tales, como alimentos?  Ya, desde sus inicios, las gominolas, las chuches por excelencia, nacieron con una composición poco natural. Su origen se remonta hacia 1905 cuando se elaboraban a partir de vino fermentado con un agente espesante para aumentar la viscosidad y no perder el sabor. Y como lo de dar vino a los niños desde su más tierna infancia no tenía mucho recorrido, se decidió cambiar el vino por gelatinas animales, para conseguir su característica textura. Pero con la expansión de las dietas vegetarianas, las gelatinas comenzaron a fabricarse también a partir de pectina,  un gelificante que se produce a partir de frutas como manzanas y cítricos.

Aún con todo, lo más habitual es que las gominolas, la chuche por excelencia, se elaboren con gelatina animal. La gelatina es una sustancia inodora e insípida que se obtiene como resultado de la ebullición prolongada de la piel, cartílago, cuernos, pezuñas, cabezas de pescado y huesos de origen animal. Es decir, de todos los desechos de la industria cárnica y de pescadería.

Sin embargo, este no sería el componente de las gominolas más contraindicado para lo que entendemos como una alimentación sana.  El azúcar, el jarabe de glucosa, los aromas, colorantes y demás aditivos que se utilizan en su fabricación no aportan nutrientes y suministran al organismo una fuente de calorías innecesarias. Es decir, son completamente prescindibles en el marco de una dieta equilibrada.

Por cada 100 gr., de golosinas ingerimos entre 320-360 calorías, procedentes en su mayor parte de la gran cantidad de azúcar que contienen. De cada 100 gr., el 80% es azúcar y de tipo refinado, pura sacarosa.

Si las necesidades calóricas de un niño entre 4-10 años son de 1.800 calorías, de las que sólo unas 340 debieran proceder del azúcar, y aquí se incluye el que se encuentra en alimentos como las frutas, cereales, zumos, etc., nos daremos cuenta de la ingesta extra de azúcar que reciben de las chuches.

Y un exceso de azúcar en el organismo causa problemas. Apatía, debilidad muscular y caries en los dientes pueden ser algunos síntomas. También inhibe la capacidad de defensa de los leucocitos frente a las bacterias. Y favorece la aparición de infecciones y catarros.

Aunque algunas golosinas sustituyen el azúcar por edulcorantes como el sorbitol o el xylitol, por ejemplo, que proporcionan gran sabor sin calorías, estos no son inocuos. Consumidos en exceso tienen un efecto laxante y provocan molestias grastrointestinales.

Además, para darles esas formas, colores y brillo a las gominolas, se emplean diferentes aditivos que siguen sin aportar nada beneficioso al organismo.

En la elaboración de muchas  golosinas se utilizan colorantes artificiales cuya función es teñir el azúcar para darle el color requerido y atractivo para cada tipo de golosina. Entre los colorantes más empleados se encuentra la tartracina, procedente del alquitrán; el rojo cochinilla, extraído de un insecto; el amarillo de quinoleína, etc.,  todos ellos de tipo azoico que pueden causar reacciones alérgicas en personas con predisposición.

Por su parte, el brillo de las gominolas se debe al empleo de grasa y cera de abeja, y a la goma laca.  Una sustancia que segrega el gusano de la laca.

El almidón es otro de los ingredientes fundamentales de las golosinas. Constituye la fuente de calorías más importante que consume el ser humano, por lo que un exceso de chuches conlleva un exceso de almidón y un inevitable riesgo de sobrepeso.

Sin embargo, todos estos ingredientes no los podemos leer en ninguna etiqueta, porque desgraciadamente las chuches a granel carecen de ella. Las compramos, pero no sabemos qué contienen.

Así, nos encontramos con un panorama difícil de manejar. De de cada 10 niños españoles de entre 2 a 17 años, hay uno con sobrepeso y otro con obesidad. Nos hemos convertido en un país con una de las tasas de obesidad infantil más altas no sólo de Europa, sino del mundo.

En cualquier caso, la cuestión no sería prohibir las chuches, o crear una alarma innecesaria en este sentido, porque no son veneno, ni matan a nadie. Los caramelos siempre han formado parte de la infancia y lo más probable es que así seguirá siendo, el problema surge cuando convertimos en habitual algo que tendría que ser ocasional. Las golosinas deben formar parte de ese tipo de alimentos para ser consumidos de forma moderada, nada más.

Lo que resulta imprescindible es una educación en hábitos saludables. La vuelta a los orígenes en cuanto a alimentación se refiere, retomando la pirámide nutricional de la dieta mediterránea, que de forma tan sabia siguieron nuestros ancestros. Esta es la asignatura que nos queda pendiente con las siguientes generaciones. Veamos si somos capaces de hacer la tarea.

 

Escribir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *