Tiempo de poda

Fotografía: La Rioja Alta S.A.

Autor: Samuel Fernández/La Rioja Alta S.A.

Tras los primeros fríos otoñales, los viñedos pierden la totalidad de las hojas y entran en período de latencia y reposo. El ciclo vegetativo llega a su fin y las cepas entran en un estado de “muerte aparente” en el que permanecerán hasta finales del mes de marzo.

Desprovistas de hojas, las cepas parecen esqueletos, seres inertes incapaces de volver a vivir. Pero la realidad no es esa: se trata de un mecanismo natural de adaptación de las vides a los rigores del invierno. La madera aguanta bien las bajas temperaturas (hasta -15 ºC), los órganos verdes no.

Nos encontramos ahora, como reza el título de este artículo, en tiempo de poda. Se trata de una labor fundamental en el cultivo de la vid con la que se pretende regular tanto la capacidad productiva de las plantas como la ubicación espacial de los futuros brotes y racimos. La futura producción está en juego, tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo.

Pero la poda también provoca efectos colaterales perjudiciales para la propia supervivencia de las plantas. Así, la cicatrización de las heridas ocasionadas por los cortes efectuados sobre órganos leñosos genera zonas de madera muerta (“conos de desecación”) que dificultan el paso de la savia.  Por otro lado, las propias heridas abiertas pueden suponer vías de entrada de hongos al interior de la madera de la cual se nutrirán, provocando un deterioro progresivo de las estructuras permanentes de la cepa y, en casos graves, hasta la propia muerte de la planta.

Es, pues, una labor de vital importancia que hay que ejecutar con precisión y delicadeza y recurriendo siempre a personal experto.

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