Sentido y sensibilidad

Fuente: blogriojaalavesa.eus

Reflexión sobre el patrimonio arqueológico de Rioja Alavesa

Es muy probable que al leer el enunciado de este escrito alguien piense que voy a tratar sobre el conocido relato de Jane Austen, pero nada más lejos de mi intención. Zapatero a tu zapatos! No es lo mío la crítica ni el comentario de obras literarias. Mi profesión, mi pasión, es la Prehistoria. Por ello quiero reflexionar sobre el patrimonio y más concretamente sobre el patrimonio arqueológico de Rioja Alavesa, al menos en la parte que mejor conozco.

Javier Fernández Eraso*

Hay veces que la propia naturaleza destruye retazos de nuestra historia y, entonces, sólo nos queda el lamento, la pena por la pérdida de un poco de lo que fuimos. Si es cierto que morimos de verdad, cuando se pierde noción de nuestra existencia, cuando el patrimonio se destruye todos morimos un poco, desapareciendo con él parte de nuestras propias raíces. La ermita de San Cristóbal (Laguardia) es un buen ejemplo de ello. Tras más de quinientos años de existencia, la naturaleza ha querido recuperar para sí aquel recinto que los humanos hicimos sagrado.

Pero cuando el patrimonio se destruye por ignorancia, ineptitud o soberbia humana nos destruyen a todos.

La estación dolménica de Rioja Alavesa, que así fue denominada por Domingo Fernández Medrano y José Miguel Barandiaran a mediados de la pasada centuria, ha sido objeto de estudios en repetidas ocasiones y por diferentes especialistas. No en vano conforma uno de los conjuntos dolménicos más conocidos y citados internacionalmente. La última intervención comenzó en el año 2010 en un intento de poner en valor un conjunto megalítico que, sin estar declarado oficialmente, constituye “per se” Patrimonio de la Humanidad. ¿O tal vez ese objetivo solo existe en mi ensoñación? Lo cierto es que otros lugares, otros conjuntos megalíticos sin alcanzar la dimensión de estos, pero mucho mejor gestionados, han alcanzado ya esa deseada nominación.

Salvo el dolmen de El Montecillo (Villabuena) excavado en esta centuria, el resto lo fueron a mediados de la anterior o en su último cuarto. Ello unido a la falta de conservación, mantenimiento, señalización, explicación adecuada, los han convertido en un elemento más del paisaje, en muchos casos, solo un montón de piedras. Falta de sensibilidad.

DOLMEN DE EL MONTECILLO (Villabuena)

En el año 2010, como señalaba más arriba, comenzamos a intervenir en ellos no “motu proprio”, sino por encargo de la Diputación Foral de Álava (Encargo realizado desde la dirección del Servicio de Museos y Arqueología a Javier Fernández Eraso, Catedrático de Prehistoria, y a José Antonio Mujika Alustiza, Profesor Titular de Prehistoria, ambos de la UPV/EHU).

Como primera tarea redactamos un plan director en el que exponíamos cómo debía tratarse cada monumento megalítico junto a las diferentes actuaciones y estudios. Luego ya conocían los responsables de patrimonio cuáles iban a ser los términos de nuestra actuación. Ese año trabajamos hasta el mes de diciembre, en condiciones poco recomendables, costeando los gastos de excavación desde septiembre nosotros mismos. La razón fue el descubrimiento de una gran cantidad de restos humanos acompañado de ajuar que no se podían dejar a la intemperie durante el invierno. Sentido y sensibilidad.

Durante los dos primeros años las cosas funcionaron medianamente bien, salvo aquellos meses otoñales en los que pudimos comprobar la dureza de la climatología riojana. Pero a partir del tercer año se empezó a enrarecer la situación: nos llegaban rumores de que íbamos muy lentos. Evidentemente con subvenciones que solo alcanzaban para dos meses de trabajo de campo no podíamos hacer milagros. Y lo que es aún más sorprendente, ese año no tuvimos subvención. Sin embargo buscamos fondos de proyectos del Ministerio de Ciencia y Tecnología, del Grupo de Investigación del Gobierno Vasco, de la Fundación Euskoiker y pudimos trabajar con alumnos en prácticas, durante un mes. Quiero aclarar que los alumnos en prácticas trabajaron a cambio de su alimentación y un certificado que sirve para su curriculum vitae”. Era evidente que no podíamos abandonar el campo de excavaciones abierto durante más de un año. Sentido y sensibilidad.

DOLMEN de El Montecillo reconstruido (fotografía de Arkeoraba).

En el año 2014 nos ordenaron parar sin llegar a terminar la excavación, y en 2015 ya no hubo intervención arqueológica. Lo más curioso del asunto fue que ya no solo íbamos despacio sino que además hacíamos investigación. Acusar a profesores universitarios de hacer investigación es como denunciar al Papa Francisco por celebrar misa.

El resultado de estos pocos y frustrados años de trabajo se concreta en actuación directa sobre tres dólmenes y datación y estudio del genoma humano de todos los monumentos que conservaban restos humanos.

En la Chabola de la Hechicera se ha reconstruido el túmulo manteniendo la misma técnica con la que se construyó hace 5.000 años. Es decir, se han imbricado las piedras de manera que se sostienen una con otra sin necesidad de añadir un encintado de grandes piedras para sujetarlo. Ese sistema es el que descubrimos durante la excavación y que quisimos reproducir en superficie para que se viera, sin tocar ni alterar la estructura original. Se identificó y señaló un espacio ritual a la entrada, antes del corredor, y se consolidó la cámara. El resultado final es objetivamente bueno y así lo han reconocido especialistas de reputado prestigio internacional.

DOLMEN de la Chabola de la Hechicera, en Elvillar, que en 1936 explorara J.M. Barandiaran.

En el dolmen del Alto de la Huesera, por el contrario, el resultado no es satisfactorio, es más, la restauración ronda el atentado contra el patrimonio. Es este, sin duda, el mejor dolmen de Rioja Alavesa, no en vano llegó a albergar hasta ciento treinta y cinco cadáveres, su corredor, con ocho metros de largo, es el que adquiere un mayor desarrollo de todos los dólmenes riojanos, está dividido en dos zonas una adintelada y otra intratumular, posee también un recinto ceremonial y cuenta con una estela antropomorfa única en el ámbito vasco.

Durante la restauración se colocó la losa de cubierta en su lugar original consolidándola y asegurándola mediante pernos. Sin embargo el resto de la restauración se hizo sin atender el criterio de quienes lo habíamos excavado y sin determinar las dimensiones reales del monumento al no autorizarnos a finalizar la intervención en el túmulo, es decir, se procedió a su restauración sin conocer las dimensiones del elemento que había que restaurar. ¿Falta de sentido y sensibilidad? No, ignorancia.

EL ALTO DE LA HUESERA es el mejor Dolmen de Rioja Alavesa.

No se atendieron nuestras indicaciones a la hora de reponer, reorganizar y recolocar los elementos que bien habían sido retirados durante la excavación o bien habían desaparecido a lo largo de la historia. En lugar de reponer dos ortostatos se emplazó, a la entrada del corredor desde la cámara, un pedrusco de 2 m. de largo por 50 cm. de alto. Allí tenían que haberse colocado dos ortostatos de 1’40 m. de altura por 1 m. de ancho y 25 cm. de espesor. Los dinteles se repusieron mal sin atender a su disposición original. Pero, sin duda, lo peor es el túmulo. El original, tal y como pudimos comprobar durante la excavación, estaba formado por piedras imbricadas, al igual que el de la Chabola de la Hechicera. Sin embargo, el paso del tiempo y las labores agrícolas lo habían enmascarado bajo un gran morcuero.

La restauración se hizo sin eliminar los elementos del mismo y arrojando las piedras mediante una máquina, sin orden alguno. Para evitar que las piedras se desparramen por su propio peso se ha colocado, a modo de peristalito, un círculo de enormes piedras a su alrededor. Lo han tratado como si fuera un simple montón de piedras de arenisca con algunas calizas cretácicas. Falta de sentido y sensibilidad. No han entendido nada, o no han querido entender, que lo que tenían entre manos era una reliquia, un lugar sagrado para nuestros antepasados que sigue mereciendo todo respeto. 

OTRA MIRADA al dolmen Alto de la Huesera, un lugar sagrado para nuestros antepasados.

El dolmen de El Montecillo había colapsado y había sido saqueado desde antiguo, no obstante fue excavado y se recuperaron algunos huesos humanos, que sirvieron para datar el monumento en el Calcolítico, un fragmento de cerámica campaniforme y dos de terra sigillata hispánica”. El conjunto de El Montecillo fue utilizado como morcuero y linde de fincas. De esta forma todas las piedras que se eliminaron durante las labores agrícolas fueron a parar al dolmen. También parte del túmulo fue desmontado para facilitar estas labores. De esta manera nos encontramos con un túmulo que había desaparecido casi en su totalidad en las zonas sur, este y norte, en tanto que se había producido una enorme acumulación de piedras al oeste.

Durante el proceso de restauración se sujetaron los ortostatos originales mediante tirante que quedan escamoteados en el interior del túmulo. Se han añadido ortostatos y dinteles cosa que es común en conjuntos similares, si bien habría que señalar de alguna manera que son reposiciones. En el conjunto de la Lora burgalesa esta práctica se ha realizado señalando con una “R” aquellos que han sido repuestos. En el túmulo no se eliminaron los añadidos del morcuero y se distribuyeron las piedras que habíamos extraído de la cámara y otras de manera aleatoria por el resto del túmulo. El resultado es un morcuero asimétrico sobre otro morcuero anterior, mal proporcionado y que, como en la Huesera, ha sido encintado por un círculo de grandes piedras para evitar su desparrame. En definitiva para hacer lo que se ha hecho no era necesario haber localizado un dolmen original. Se podía haber montado este “parque temático” formando parte del cementerio civil que existe en sus proximidades. Falta de sentido y sensibilidad.

DOLMEN DE EL SOTILLO.

Nuestra intervención en el dolmen de El Sotillo fue solo la de datación y genoma de los individuos allí inhumados. Todos sabemos que las piedras que conforman el monumento, que ya fue objeto de una restauración a finales de los años sesenta del pasado siglo, tienen unas dimensiones reducidas y por tanto se debería proceder a una restauración y consolidación cuidadosa que no alterara la naturaleza megalítica del conjunto. Pero lejos de ello se han introducido cuarenta centímetros de cal hidráulica en la cámara, sobre ellos se han vertido capas de cascajo y, lo que es más grave, se ha añadido una losa transversal al final del corredor. Su función, supongo, es para que no se salga el cascajo.

EL SOTILLO parece hoy más que un dolmen magalítico, un crómlech…

Así el dolmen ha perdido su carácter megalítico, parece más bien un crómlech y se ha alterado su tipología convirtiéndolo en un dolmen de galería segmentada, cosa de la que no tenemos constancia que haya sido nunca. Falta de sentido y sensibilidad. En este dolmen también se hizo todo en contra de nuestro criterio y ello fue la causa de nuestra marcha del proyecto. No queremos ser cómplices del deterioro de la estación megalítica.

Este relato no recoge más que una parte de las atrocidades y tropelías que se están cometiendo con los dólmenes de Rioja Alavesa. No he citado los errores de los carteles explicativos, eso es reemplazable y, como lo pagamos todos, parece que se puede rehacer cuantas veces sea necesario.

Cuando las razones científicas, cuando los argumentos basados en la praxis arqueológica particular de cada caso, son rebatidos con propuestas que brotan de la ignorancia, la prepotencia y las prisas, todo está perdido, a las pruebas me remito.

LA PREHISTORIA ofrece hechos del pasado que debemos interpretar a la luz del entendimiento.

Sólo el entendimiento de por qué, para qué y cómo se levantaron esas construcciones ciclópeas conduce a su comprensión, a entender su sentido y a procurar su conservación para generaciones venideras. Solo quien es capaz de recrear los hechos históricos, los dramas que se vivieron en torno a esas construcciones, es sensible ante ellas y procura su respetuosa conservación. 

Donde unos han visto un simple montón de piedras que hay que evitar que se caigan, otros vemos el lugar sagrado en que nuestros ancestros quisieron perpetuarse y guardarse para la eternidad. 

Mi lamento hoy es como el de Rodrigo Caro al referirse a las ruinas de Itálica: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora campos de soledad, mustio collado, fueron en tiempo…” los sepulcros de nuestros antepasados.

*Catedrático de Prehistoria de la Universidad del País Vasco UPV-EHU.

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