SANTA ÁGUEDA. Fiesta religiosa y gastronómica

Santa Águeda es la última de las festividades de invierno, descontando los carnavales, que en muchos de los pueblos navarros comienzan de víspera con las tradicionales hogueras y consiguiente asado de patatas y txistorra. Es fiesta mayormente de niños, monaguillos o quintos, los que tras la misa matutina recorren el pueblo pidiendo por las casas huevos, tocino, chorizo o, en su defecto, dinero. En varios pueblos coincide (salvo alguna pequeña variación) el cántico de demanda:

 

Santa Águeda es una niña,

de lo verde se enamora

por eso le pedimos un choricico, señora.

Con el producto de la postulación se organiza una cena y reparte, si sobra, el dinero. Luciano Lapuente dice que en la Améscoa, en este día, “se entraba mozo” y también se sorteaban los cargos de mayordomos. En Arroniz se nombra entre la chavalería “Ayuntamiento por un día” y piden huevos y chorizos para la merienda.

Sabida es la forma de martirio que recibió Santa Águeda, y de ahí que sea abogada contra “el mal de pechos”. Lo dice la copla:

 

Gloriosisma Santa Águeda

de las santas sin rival,

que le cuertaron los pechos igual que se cuerta un pan.

Este día celebran los monaguillos de Funes su fiesta anual. Hacen una cuestación por el pueblo portando una pequeña y preciosa imagen de la Santa, pidiendo por las casas huevos para la confección de los obligados bizcochos de la merienda. Tras recibirlos o, la propina correspondiente en metálico, se despiden dando las gracias diciendo: “Que Santa Águeda le conserve la teta”. Al anochecer se hacen hogueras en distintos puntos del pueblo, siendo costumbre invitar a primera fila a las mujeres que se van a casar en el año, “para que Santa Águeda os conserve la teta y para que crieis muchos hijos”. Las embarazadas se preocupan de echar mucha leña, en su verdadero sentido, a la hoguera, para obtener de la Santa ese don. Y es que no en vano se trata de garantizar la primera de las manifestaciones gastronómicas del ser humano.

Luego, en el rescoldo, se asan patatas y lo que sea, continuando la fiesta hasta las tantas de la madrugada.

Donde es fiesta muy arraigada es en los pueblos de la Burunda, Alsasua, Olazagutía y Ciordia principalmente. De víspera salen a la calle cantando los “Coros de Santa Águeda”, práctica común a otros muchos lugares; en algunos se habían perdido y hoy, afortunadamente, es tradición recuperada. En Alsasua, donde la fiesta tiene mayor relevancia. Los quintos del año tienen a Santa Águeda por Patrona y en este día celebraban su despedida festiva, musical y gastronómica antes de incorporarse al ya desaparecido servicio militar. Tras la misa, pasan a reconocer por las casas de las “quintas” unas roscas características, que las jóvenes les ofrecen y que luego venden en subasta a los alsasuarras, cuyas pujas ayudan a los gastos de la fiesta. Tras la dádiva, se baila una jota y una purrusalda ante el portal de la casa, por la noche, con el beneficio obtenido, se celebra una gran cena.

José María Iribarren en su obra “De Pascuas a Ramos” dice que en los pueblos de la Barranca, en este día, “todos los años, después de la Misa mayor” (en este día siempre se guarda fiesta) sale del ayuntamiento en visita de inspección de chimeneas por todas las casas del vecindario, el cual, sea dicho en su honor, tiene buen cuidado de tenerlas limpias de víspera. Como la inspección no se realiza en los tejados, sino en las cocinas que han sustituido a los antiguos lares, la visita de los munícipes apenas si tiene hoy objeto, como no sea de poner a prueba la generosidad de las etxekoandres, las cuáles, con la sonrisa en los labios y le plato de presente en las manos, esperan impacientes la llegada de la justicia para depositar su regalo (huevos, chorizo, lomo, txistorra) en la descomunal cesta que a tal objeto lleva el almirante como allí llaman al aguacil.

La industrialización, la concentración escolar, la facilidad del transporte al lugar de trabajo, la desacralización de las costumbres, ha supuesto la transformación de la vida, tanto social como económica sufrida de unos pocos años a esta parte y con ello se está consiguiendo que desaparezcan las pequeñas tradiciones con que se festejaban, misa y mesa, los santicos de invierno, pues siempre fueron de la mano religión y gastronomía.

Autor: Víctor Manuel Sarobe/Académico C.

Publicado en la Revista “Apuntes de GASTRONOMÍAS”, Marzo 2004

Fotografía: blog akelarreconcordia