Las Sopas del Camino (I)

Fotografía: Vista de Roncesvalles (www.turismo.navarra.com)

Diario de una peregrinación

De St. Jéan Pied de Port a Santiago de Compostela.
Uno a Veinticinco de Mayo de 1993
Autor: Miguel Muñagorri, Académico Correspondiente de la Academia Vasca de Gastronomía
Publicado: Boletín de la Cofradía Vasca de Gastronomía/Gastronomiazko Euskal Anaiartea (Nº29/1993)

Introducción

El caminante ha marchado durante horas por la naturaleza. Senderos, caminos, praderas y bosques, valles, colinas y montañas. Alguna fuente apaga su sed. Llega al punto final y necesita reponer líquido en su cuerpo, ensanchar poco a poco su reducido estomago, empujado y apretado por los pulmones, tomar fibras, calorías y proteínas, vitaminas y algo de sustancia grasa. Necesita una sopa.

La vida moderna ha inventado las bebidas concentradas, la cocina rápida, la comida sintética. Desaparecen sabias recetas de antaño, laboriosas de preparación, largas de trabajo. La tradición se va perdiendo.

Estos apuntes son el diario de una peregrinación siguiendo la Vía Láctea hacia Santiago de Compostela. Dicen los antiguos griegos que la diosa Rea amamantaba a su hijo Zeus, cuando unas gotas de leche cayeron de sus pechos y quedaron flotando en el firmamento creando la Vía Láctea. Rea tuvo que defender a su hijo de ser devorado por su padre el dios Cronos. Los inicios de la gastronomía a escala olímpica-mitológica, comenzaban de forma impresionante, astronómica.

Este peregrino ha querido encontrar en su camino un Dios menos complicado. Ha buscado la sencillez andando y la ha querido completar con algon tan sencillo y tan complejo a la vez como las sopas del Camino.

El Camino de Santiago le ha brindado la oportunidad de todo ello.

Sopas tristes

El peregrino deja atrás las llanuras francesas, pasa la puerta de St. Jacques junto a la ciudadela de St. Jéan Pied de Port, atraviesa la puerta de Notre Dame, toma la ruta de España y se enfrenta al Pirineo. Un camino entre praderas, ovejas, cabras, vacas, algún castaño, robles y relucientes acebos, le anima a la ascensión. Llegan las rampas casi verticales entre bosque y hayas, la lluvia densa, la niebla espesa que le desorienta y un collado tras otro hasta alcanzar Lepoeder, encima de Ibañeta. Ha pasado la muga fronteriza pisando la nieve, algunas fuentes han humedecido la sequedad de su garganta, que su cuerpo no comparte por el agua del ambiente. Sus pasos han dejado huellas junto a las de unos caballos que han saludado su andar.

Puerta de Notre-Dame, situada frente al puente que cruza el río Nive (www.vivecamino.com)

Al final Roncesvalles, se descubre entra la bruma gris en un golpe de viento y luego desaparece como un fantasma, pero se llega.

Tristes sopas las de la posada de Roncesvalles, que calientan el estómago del peregrino aterido y le entonan para apetecer mejores viandas. La magia de los sobres de polvos y los cubitos componen una sopa de fideos y un consomé; con un trozo de pescadilla, llegan a la sopa de pescado. El cuerpo del peregrino las agradece.

Roncesvalles, Uno de Mayo de 1.993

Sopas de balargorrias

En la iglesia de St. Jéan Pied de Port, en una hornacina en la fachada lateral de la torre, una imagen de San Juan el Bautista, blande una vara larga y sólida, con aire amenazador.

El peregrino la encuentra de la cara cuando mira hacia el camino de España. Es como una premonición. La vara, el bastón, el báculo, la makila, va a servir de defensa de algunos animales, de apoyo en los pasos, de pie de ayuda en algunos trances, de medida de profundidades en ríos, arroyos y lodazales y de compañero inseparable durante días y kilómetros. El contacto con su mano llegará a causar heridas en sus dedos, como una alianza matrimonial hasta que el Finisterre les separe.

La linde del camino que baja de Roncesvalles está amurallada de acebos impenetrables, lustrosos, punzantes, que comunican según la tradición, la suerte al caminante. Después arroyos, praderas, caballos, vacunos, barro, subidas a Mezquiriz, a Erro, descensos entre hayas y pinos. Abajo Larrasoaña, donde un excelente consomé devuelve la templanza al estómago del viandante.

Ya en Pamplona, muchas sopas de pescado. El peregrino añora una sopa que probó hace años, de belargorrias, sopas de ajo con tomillo, aromáticas, perfumadas, de olor y sabor fresco y penetrante.

Pamplona, Dos de Mayo de 1993

Sopa de gallina

Catedral de Pamplona (www.catedraldepamplona.com)

Pamplona abre las puertas de su espléndida catedral, pero no al peregrino sino a los obreros de la construcción, que en el año Santo Compostelano 1993, aprovechan el paso de miles de personas para restaurarla. Las iglesias de San Cernín y de San Lorenzo, están cerradas, no a cal y canto, pero a verja de hierro. Igual un poco más lejos, la espléndida iglesia del siglo XII dedicada a San Miguel en Cizur Menor. La fe que alimenta en parte importante el camino a Compostela, encuentra sus templos cerrados.

Junto a la catedral de Pamplona, un mesón calienta un puchero de sopa de gallina con yema de huevo y algo de perejil. Néctar para el andariego.

Entre praderas y arboledas, un camino ascendente conduce hacia el puerto del Perdón. Guendolain con su palacio y su ermita en ruinas asombran con su antigua riqueza y su abandono, antes de pasar por Zariquiegui. Todo el entorno de Pamplona es dominio de la vista, las construcciones, las nuevas autopistas, los antiguos caminos, el aeropuerto y las viejas montañas. En el cielo, azul por fin, unas pocas nubes vuelan movidas por los vientos.

Zariquiegui, Tres de Mayo de 1993.

Sopa de ajo

Urtega, Muruzábal, Obanos, saludan al peregrino, recordándole con el tañir de sus campanas, los cuartos y las horas. Los bosques han cambiado a campos de cereal y viñedos. Los milanos reales se han convertido en cigüeñas y los negros grajos en perdices que levantan su pesado vuelo al sentir el paso del caminante.

Los Padres Reparadores en Puente la Reina ofrecen sus caldos al hambriento paseante que contempla con asombro frente a su convento un gigantesco Cristo crucificado imponente. Poco más allá, la iglesia de Santiago abre sus puertas; conviven allí un Santiago con su concha de peregrino prendida en su sombrero casi romántico, con una imagen de San Sebastián asaeteado, a la izquierda del altar mayor.

Iglesia de Santiago (www.turismoennavarra.com)

Al llegar a Estella establecemos por fin contacto con las sopas de ajo. El hostal de Irache las ofrece en su carta, junto al jamón y el cordero en todas sus presentaciones. El estómago encogido recupera su mejor estado.

Estella-Ayegui, Cuatro de Mayo de 1993

Sopa de ajos

Estella tiene un tesoro eclesiástico impresionante. La iglesia de San Miguel del siglo XII, la iglesia de San Pedro de la Rúa, las iglesias del Santo Sepulcro, de Santa María y de San Juan, la ermita de Puy con su virgen del siglo XIII y la ermita de Nuestra Señora del Rocamador con una imagen de la Virgen con el Niño, recién restaurada, policromada, admirable. Los padres Capuchinos que la custodian se muestran orgullosos de ella, al tiempo de recoger datos en un registro de los Hermanos Peregrinos a Santiago de Compostela.

Santuario Virgen del Puy (www.caminodesantiagoestella.org)

La oferta de energías en materia culinaria se hace escasa en su variedad. Las antes famosas truchas de Estella son de piscifactoría, sonrosadas e insulsas, como alguna mozas pueblerinas. Las sopas, imprescindibles para dar entrada a otros sabores y solideces, se resumen en alguna sopa de ajos, ligera además en su consistencia.

Pasando Estella, el Monasterio de Irache, la Iglesia y el castillo de Villamayor de Monjardín, imponentes en sus dominantes alturas. El Monasterio de San Gregorio al oeste, antes de llegar a Los Arcos y después Sansol y Torres del Río.

Castillo de Villamayor de Monjardín (www.castillosdenavarra.org)

De vez el cuando las campanas de alguna iglesia desvelan al peregrino de su sueño en contacto con el piar de los mirlos y del ruido sordo del levantar el vuelo de codornices y perdices. Arboles aislados rompen la monotonía de los campos de cereal.

Estella, Cinco de Mayo de 1993

 

 

 

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