El “tontolaba”

El rosco de Reyes es universal y antiguo. Su tradición se remonta a las “Saturnales” romanas, fiestas organizadas en diciembre en honor del dios Saturno, en las que se elegía el rey de un día a quien tocara en suerte el haba oculta en la torta de pan. Luego los cristianos recogieron esta costumbre para conmemorar la solemnidad de la Epifanía, atribuyéndole el valor del pan bendito. Ya Ben Guzmán habla de él, como costumbre mozárabe. Es en la Edad Media cuando el roscón de Reyes, quedó vinculado definitivamente a la festividad de los Santos Reyes.

En torno al rosco han surgido una serie de costumbres locales en las que se insertan los “reyes” efímeros, con carácter más o menos burlesco, no siempre nombrados por la suerte del haba seca que va en el bollo.

 

En el Viejo Reino navarro se nombraba rey de la Faba al elegido “rey” por el sistema de reparto de una tarta, dentro de la cual ha sido escondida una “faba” o haba, entre varios niños. Era la fiesta cortesana del día de la Epifanía. Las primeras noticias documentales sobre su celebración datan del reinado de Carlos II (1349-1387). A esta fiesta se introdujeron los Teobaldos, eran invitados de los niños pobres de la localidad donde se hallarán los reyes ese día. Al agraciado se le nombraba rey por un día. Los reyes vestían al mismo con ropajes reales, corrían con los gansos de la fiesta y, a veces dotaban, al pequeño con dinero para que cursara estudios. Esta costumbre duró hasta muy entrado el S. XVIII. Según el documento que publicó don Ignacio Baleztena, en Pamplona se celebraba esta fiesta con ruido y bullicio. Las cuadrillas acompañaban a sus reyes, por las calles, disparando armas, cohetes, buscapiés, ruedas y otros artificios de fuego, vitoreándolos con voces desentonadas e impropias. El Consejo Real de Navarra prohibió estas costumbres en el año 1765. Aquella hermosa costumbre de nuestros reyes fue relegada al olvido, hasta que sobre el año 1920, el citado Baleztena la restauró; después ha llegado a adquirir la gran resonancia que tiene en la actualidad.

En Zandio, Osacáin y otros pueblos de los valles de Oláibar y Odieta, los aldeanos que venían a Pamplona a vender sus corderos y capones las víspera de Reyes, (información que debo a don Amado Mendoza), compraban el rosco para llevarlo al pueblo y que consumían las misma noche. El que tropezaba con el haba. El “tontolaba”, dicho sin sentido peyorativo, tenía que madrugar el día siguiente, hacer el desayuno consistente en migas y leches recién ordeñada y servirlo a toda la familia, que con mucho humor esperaba sin prisa que se lo presentaran en la cama.

En libros antiguos de repostería no hay noticia del rosco de Reyes, producto de panadería más que de repostería. Lo que en tiempos romanos fue una simple torta se transformo en nuestra patria en la rosca o roscón español, de masa de pan, claro está. En la bibliografía de confitería clásica, así como varios manuscritos navarros de la confitería de principios del siglo XIX no aparece noticia alguna sobre ellos. Me atrevo a opinar que su evolución hasta el pastel actual fue obra de distintos obradores de pastelería que instalaron los Cafés Suizos por toda la geografía española a partir del primer tercio del siglo XIX. Ellos fueron los que transformaron la confitería española, que aún seguía al pie de la letra a Juan de la Mata, en la actual pastelería.

La sorpresa clásica era el haba seca, que ahora se ha sustituido por unos cursis e inútiles muñequitos, ¡cómo no!, de plástico.

Tanto los pasteleros como los consumidores debieran saber que única y exclusivamente, desde tiempos romanos, ha sido el haba y no otro fruto u objeto el empleado en este menester.

Autor: Víctor Manuel Sarobe/Académico C.

Publicado en la Revista de la AVDG “Apuntes de GASTRONOMÍAS”, Diciembre 2003

Fotografías: AVDG