Barricas de roble. Americano, francés y también… caucásico

Fotografía: La Rioja Alta S.A.
Autor: Samuel Fernández/La Rioja Alta S.A.

Resulta indudable la importante influencia que adquiere el origen geográfico de la madera de roble y su especie botánica durante la crianza de los vinos en barrica. A las tradicionales crianzas en barricas de roble americano y francés, debemos añadir las diferentes experiencias que estamos realizando en Torre de Oña con robles procedentes del Cáucaso con resultados muy interesantes que se plasmarán en futuras añadas del Barón de Oña.

Los pasaportes del roble que la gran mayoría de bodegas emplean para la elaboración de sus barricas tenían, fundamentalmente, dos sellos únicos: Estados Unidos y Francia.  En función de las características y el estilo del vino, el elaborador optaba por uno u otro origen, atendiendo a las particularidades que cada madera aporta a los caldos durante su periodo, más o menos largo, de crianza en barrica.

El roble americano (Quercus alba), el único que empleamos en nuestras bodegas de Haro y Labastida,  tiene como valor esencial su capacidad de ceder al vino compuestos volátiles que aportan aromas balsámicos y de especias dulces (coco, vainilla, canela, clavo) y, sin embargo, taninos suaves y ligeros, lo que impide su endurecimiento. Son dos aspectos que siempre han definido a los vinos de La Rioja Alta, S.A.,  que cuentan con un carácter aromático muy definido, elegancia y, además, sutileza. Es por ello que en la tonelería de nuestra bodega jarrera, donde continuamos elaborando artesanalmente nuestras propias barricas, solo empleamos madera de roble preveniente principalmente de Tennessee que, durante al menos dos años, dejamos secar a la intemperie en nuestras instalaciones. Una madera que, además, cuenta con un poro muy fino, por lo que la oxigenación del vino es más lenta, permitiendo crianzas más largas.

Por su parte, el roble francés (Quercus petraea)  que se cultiva principalmente en la región francesa de Allier, tiene una importante contribución aromática –menos intensa que el americano-  y los taninos que aporta contribuyen ligeramente a la estructura del vino. Un roble, el francés, muy influenciado por el tamaño y regularidad del grano. Si es de grano fino, la madera aporta gran riqueza aromática al vino y lo robustece poco, mientras que si el grano es grueso aumenta mucho la corpulencia y ligeramente sus aromas. De esta manera, los robles galos procedentes de Allier, de grano fino, son idóneos para la elaboración de vinos con un marcado efecto ‘terroir’ y, por tanto,  son los que empleamos en nuestras bodegas Torre de Oña y Áster, contribuyendo ligeramente en su estructura y manteniendo los aromas varietales de estos privilegiados terruños ubicados en la Rioja Alavesa y en la Ribera del Duero.

No obstante, en esa incesante labor de investigación que nuestro departamento enológico viene realizando en los últimos años con el objetivo de continuar mejorando la calidad de nuestros vinos, destacan especialmente los resultados que están ofreciendo las barricas de roble procedente del Cáucaso, concretamente de una zona de Rusia situada en el paralelo 45, en el territorio de Adyghe, entre Maïkop y Krasnodar y que goza de un clima continental comparable al de Francia. Allí, bajo la estricta vigilancia del Estado ruso, propietario de todos los bosques, se han seleccionado áreas en las que existen condiciones idénticas a las del centro de Francia: suelos pobres que garantizan un crecimiento lento y calidades comparables a las del monte alto en los que respecta a la rectitud, fineza del grano, así como al potencial tánico y aromático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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